13/03/2025

¿De dónde sacamos tiempo para pensar?

¿Con qué oportunidades contamos hoy para ejercitar el pensamiento? En principio, el camino más directo sería optimizar nuestro tiempo y liberar parte de la jornada para la reflexión. Pero cuando representamos los quehaceres diarios como tareas que zanjar, lo cierto es que la eficacia acaba convirtiéndose en un tiránico fin en sí mismo. Fijémonos en el descanso. Nos hemos acostumbrado a monitorizar las horas de sueño, hasta el punto de que la power nap o los sueños lúcidos se han convertido en tendencias ¡que nos invitan a ponernos deberes a la hora de ir a dormir!

Interpretamos la falta de actividad como holgazanería; por ejemplo, cuando empleamos el adjetivo ocioso cuando queremos decir que alguien carece de obligaciones que cumplir. Sin embargo, la palabra latina de la que procede «ocio» (otium) no estuvo originalmente ligada al entretenimiento, sino que se refería a quietud o reposo.

«Escuela» tiene un origen parecido. Aunque a nuestros días ha llegado a través de la forma latina schola, esta es un préstamo del griego clásico skholè, que significa justamente tiempo libre. Algunos filósofos de la educación reivindican esta raíz etimológica para pensar la escuela no solo como itinerario dirigido a la inserción en el mundo del trabajo, sino especialmente como tiempo liberado de la agenda y dedicado a pensar como una actividad con valor en sí misma.

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